Parece que Irene Hernandez Velasco haya finalmente encontrado la explicación científica de la anormalidad italiana. Su investigación sul campo en un bar de Roma resuelve eficazmente las dudas que invaden quienquiera (español como americano como italiano) se haya relacionados con espaguettis.
Su artículo, El Paradigma italiano de la anormalidad, es una inteligente análisis de la realidad italiana y de los italianos, ingenuos, complacientes y, por qué no, mentirosos. Su conclusión, que no acabo de enfocar del todo (¿Es broma? ¿Es denuncia? ¿¿Es seria??), enseña otra cosa de la gente del Belpaese: siempre parece que tengamos razón, por algún motivo, al menos mientras hablemos en contra de otros italianos. Existen dos Italias (como dos Españas), y cada Italia está dividida por cien, y cada fracción por cien y por cien otra vez hasta llegar a la materialización de la herencia del humanismo: el individuo. Yo soy yo, e Italia también es yo.
Estoy perdiendo el filo. Volvamos a la Velasco y a Pino, el camarero de Roma que ha desvelado a la atenta periodista el alma más profundo de la anormalidad italiana.
“Pino tiene 48 años, barriga prominente, calva que intenta desaforadamente disimular ensayando estrambóticos peinados y mucha labia [...] desde que se enteró que soy periodista, se siente todas las mañanas en la obligación de sermonearme sobre lo mal que está la política italiana”.
En resumen, Pino solía entretener Irene opinando sobre los políticos, hablando mal de Berlusconi, y explicando su preferencia para Walter Veltroni (líder del PD, que ha sido presentado por la prensa española como un equivalente transalpino del PSOE, en mi opinión una vista miope que ya iremos comentando algún día). En Italia hasta hace pocos meses todos hablaban mal de Berlusconi, o al menos, todos los con quien hablaba yo. Con los amigos a menudo nos preguntabamos quiénes votaban Berlusconi, como todos parecían de acuerdo en declarar que él había sido un pesimo presidente. Lo mismo me pasó al llegar a Barcelona: o que todos italianos que van ahí eran izquierdistas o, al menos, antiberlusconianos, o que alguien mentía.
Yo también, como Irene, recuerdo un encuentro que me ha explicado mucho sobre mis compatriotas. Me hallaba en el ferrocarril que va de Plaça Catalunya a la UAB en Cerdanyola, y se me había olvidado traerme el MP3. Delante mío estaba sentada una chica evidentemente italiana, me lo decían su abrigo, sus gafas, su corte de pelo. Hablaba por telefono con su madre y se estaba quejando del ambiente de Barcelona, recuerdo exactamente las palabras “Aquí hay demasiados alternativos, todos en la universidad fuman porros y son de izquierda, yo no me encuentro bien, esta gente no me gusta, a Bologna está lleno de gente así pero también hay gente que se me parece más”. Yo me la miro y no comento, había mencionado Bologna y estaba intentando averiguar si podía haberla visto en algún sitio. El tren llegó y yo me fui a la cafetería pensando en esta chica y en como una ciudad puede parecer distinta a los ojos de una u otra persona, en cuánto todo es relativo y en cuánto me gustaba a mí Barcelona.
Pasaron algunas semanas y volví a encontrar esta chica en una situación completamente distinta. Estábamos sentados a la misma mesa, era la fiesta de despedida de una colega italiana, todos contentillos tras haber bebido unos chupitos en un bar. Comencé a hablar con ella, recordando perfectamente quien era por haberme fijado tanto poco tiempo antes. La borrachera se fue subiendo y nosotros dos charlando, pasándolo, sin duda, bien, hasta que decidí romper el buen momento preguntándole si ella era aquella chica que había visto en el tren. Se lo pregunté recordándole las palabras que había pronunciado aquel día, y unos cuantos conocidos que estaban al lado nuestro oyeron lo dicho y se pusieron en escucha. Ella me miró muy mal, y me dijo que no. Yo sabía que era ella, y le pregunté si estaba segura. Ella me dijo que sí estaba segura, que ella no podía haber dicho aquellas cosas, porqué no las pensaba. Se levantó y se fue a otra mesa, sin alguna intención de volver a hablar del asunto.

Volvamos a Roma, el 15 o el 16 de abril, tras la victoria electoral de Silvio Berlusconi, la Velasco nos cuenta que:
“Entré a deshora en el bar, es decir, en un momento en el que Pino no me esperaba. Y me lo encontré con otros tres en plena celebración de la victoria berlusconiana. Prudente como soy, no le dije nada. Tampoco al día siguiente cuando, ya a mi hora, le volví a ver. Pero Pino sintió que me debía una explicación. Y me la dio: “Miré, son todos unos chorizos, eso ya lo sabemos. Pero Berlusconi dice que va a bajar los impuestos. Yo soy italiano, y los italianos no pensamos en términos nacionales nada más que cuando juega la selección italiana de fútbol”
Pino dice muchas verdades sobre los italianos, y sobre los políticos también. Irene Velasco, en su coclusión, dice que Pino la ha convencido: a mí no, pero en algun sentido le entiendo, ya tendrá tiempo, en mi opinión, de descubrir que tales promisas eran mentira. El problema no está en la razón política, sino en la hipocrisía all’italiana.
La chica del tren y Pino en estos días podrán ir por Italia y decir lo que piensan, ya no existe una izquierda y saben que la myoría del país va con ellos. Al menos durante los próximos cinco años.